
De derecha a izquierda; Fernando Abelenda, Enrique Acuña, Luis Polo, José Chain
Centro de Investigación y Docencia (C.I.D.) Corrientes-Chaco Instituto Oscar Masotta 2.
Objeto palea
por Laura López Urdapilleta
Como se ha venido trabajando a lo largo de este año y el anterior en el CID, el Seminario 10, La angustia, creí interesante trazar un camino para intentar hablar de la manera más sintética posible acerca de lo que hemos logrado captar del objeto causa, este objeto diferente a cualquier otro.
La idea primera que podríamos tomar de este objeto es que, en este seminario, Lacan se ocupa de desimaginarizarlo, desimbolizarlo y designificantizarlo, como lo plantea Jacques-Alain Miller en “La angustia lacaniana”.
Lacan en el seminario de la angustia dirá que, es ciertamente la angustia la que nos señalará el camino de arribo a lo real, aquello imposible de arribar por medio de lo simbólico y lo imaginario.
Cito “la manifestación más llamativa de este objeto a, la señal de su intervención, es la angustia” *. Es la angustia la señal de la presencia de este objeto, ese resto real, ese goce irreductible. Lacan dirá que la angustia es activa, productiva del objeto causa, ya que solo a partir de ella se puede concebir la transformación del goce del cuerpo propio, ese goce autista, en objeto causa de deseo y a partir de allí, su relación con el Otro.
Si entendimos al objeto en su dimensión imaginaria y simbólica, es decir a este objeto percibido, como el objeto de amor, el agalma, la zanahoria que va delante del burro y mueve entre comillas al sujeto hacia los objetos semblantes; entenderemos que aquí Lacan plantea un nuevo estatuto para este objeto que, al surgir como efecto de esta operación de diferencia, como residuo del sujeto, es que a su vez funciona como causa que empuja al deseo, a la búsqueda incesante de este objeto que, a partir de un momento mitológico de completa satisfacción, se lo supone perdido. A partir de esta diferenciación, se entiende la intencionalidad del lado del objeto agalmático, y la condicionalidad del lado del objeto causa. Este objeto causa es entonces, la condición del deseo.
En tanto se fue desarrollando la teorización el objeto a, se fue modificando de manera sutil la concepción especular originaria. Es a partir de aquí que se plantea la idea de resto, es decir un objeto que es invisible a la mirada en la escena imaginaria. Lacan en este punto se vuelve radical al destacar como engañosa la relación especular del sujeto con este objeto.
En lo simbólico este objeto causa es precisamente ese resto totalmente singular, pero con la característica de ser insignificantizable. Es un pedazo que se desprende del cuerpo, es un goce perdido y que escapa a la acción del significante.
A partir de este punto, y siguiendo el texto “Las paradojas del objeto en psicoanálisis” compilación de Enrique Acuña, nos encontramos con un objeto que encierra lo que Cicerón señalaba como paradoja maravilla. Una de ellas introduce el neologismo de objetalidad, opuesto al sentido común de objetividad que traza el ámbito propio de este objeto, en tanto objeto causa, carente de sustancia física y realidad perceptible, y a la vez “presente” y determinante de la causación del sujeto. Otra paradoja, central para hablar de este objeto, es el estatuto de causa y a la vez efecto, producto de la operación de división que inaugura al sujeto en tanto deseante.
Una vez aceptado dicho oxímoron, y para introducirnos a esta idea de objeto a, objeto causa, partiré de la noción lacaniana de causa. Lacan toma la Teoría de la Causa de Aritóteles, la cual se centra en la sustancia “causando todo el efecto”. Esto se entiende a partir de la manifestación de la causa inseparable de la sustancia, lo cual respondería al por qué algo es. Lacan claramente prescinde de la sustancia, para enlazar la idea de causa con la de verdad. Justamente el vacío de significación que plantea el Psicoanálisis en la cura, daría la posibilidad, desde cierto punto, de una conexión con el objeto.
Ahora bien, retomando a Jacques-Alain Miller en el texto “Los signos del goce”, este objeto a, no obtiene consistencia a partir de la materia, sino que se sostendrá de forma puramente lógica, la cual es real respecto del significante. Es decir se plantea un real, pero solo adquirirá valor con relación a la lógica, a partir de la articulación lógica con lo simbólico.
Es por la no sustancialidad de este objeto que adquiere consistencia por la lógica, y agrega Miller, una lógica a entender como topológica. Este objeto a pasa a ser un resto localizable en el seno mismo del significante, como un detrito no reabsorbible. Esta falta no ligada al significante es correlativa a los pedazos separables del cuerpo, y aclarando en este seminario Lacan, que plantea este resto órgano, resto goce que nos proporciona la división subjetiva, como independiente del Edipo, es decir, anterior a la incidencia del Otro. En esta desedipización de la castración es que se incluye el concepto de la detumescencia del órgano en el momento de su goce. La función de la detumescencia va a estar en lugar de la castración. Este objeto que es entonces conforme a lo real, está marcado por la separación, y solo la topología permitiría el acceso a esta dimensión de la falta.
Dicho esto, y para volver a la noción de este objeto paradójico, es esencial entender la operación de división subjetiva que, en un primer momento fue elección del sujeto en tanto se hace significante, quedando encerrado en la insignia, eligiendo el sentido ante el vacío, y en un segundo momento libera al sujeto marcado por el significante, pero con la consecuencia de este elemento heterogéneo al significante, que es el objeto causa.
Es la propia pérdida, el vacío imposible de ubicar en la serie de los significantes. Es aquí que se instaura una nueva paradoja en dicha operación de división, puesto que no se sabe bien de qué lado se inscribe dicho objeto, si del lado del sujeto, o del lado del Otro, y donde hablamos de esta inclusión de lo externo es donde hablamos de lo éxtimo.
Esta división responderá a una doble causación, donde el sujeto es efecto del significante, y efecto del objeto. Esta doble causación hace que el sujeto de la operación, se divida y genere el objeto, y a la inversa. Esto es correlativo a la operación de la pérdida de objeto, como sustracción que va a hacer posible el surgimiento del deseo. Para entender mejor este movimiento del sujeto, de exclusión interna respecto de su objeto, hablamos de torsión en esta división, como algo que parece ajeno, y es íntimo, lo cual justamente marca la falla.
Volviendo a la operación que constituirá al sujeto, y a este objeto que a su vez será causa de dicho movimiento, se podría plantear cómo este elemento resto (das ding) que es resultado segundo de la operación de diferencia entre lo percibido (objekt) y lo fantaseado (die sache); empieza a funcionar como causa. Dicho residuo que es efecto, resultado de esta diferencia, es a su vez causa del deseo. Y es gracias a que surge este décalage y por consiguiente, este objeto palea; que habrá posibilidad de retorno, repetición del circuito. Por la insatisfacción es que hay causa de la busqueda, y en ésto se mantiene el deseo.
Finalizando, es gracias a este movimiento, que se explica por el circuito pulsional, donde esta búsqueda del objeto sólo se esboza a partir de bordear el vacío. Puesto que hay vacío, nunca se llega a alcanzar dicho objeto. Y es mediante los señuelos que ponemos delante del deseo, apuntando hacia ellos movidos por la insatisfacción estructural propia del ser humano, que nos engañamos creyendo en ellos la causa del deseo.
En la operación de división algo de pierde, algo el sujeto debe ceder, y es bajo la forma del órgano libido, órgano goce, cuyo paradigma es este objeto a. Se restituye el objeto parcial a su lugar de objeto-causa.
________________________________________________
Bibliografía y Cita
Lacan, J.: “El seminario de Jacques Lacan. Libro 10. La Angutia”. Editorial Paidós. 2006.
Miller, J-A.: “Los signos del goce”. Editorial Paidós. 2006.
Acuña, Enrique: ( Comp.): “Las paradojas del objeto en psicoanálisis”. Editorial de la Universidad de la Plata. 2007.
Miller,J-A.: “La angustia lacaniana”. Editorial Paidós. 2007.
* Lacan, J.: “El seminario de Jacques Lacan. Libro 10. La Angustia”. Clase del 9 de Enero de 1963. Página 98. Editorial Paidós. 2006.
*****
Del objeto Ágalma al objeto Palea, un aserto subjetivo.
por Damian Leikis
Me propongo en este trabajo analizar el pasaje de una modalidad del objeto en psicoanálisis, el agalmático a otra, la del objeto como palea; es decir del objeto del amor, el de la intencionalidad del deseo a la del objeto como resto, como causa del deseo. Analizar este pasaje en el marco de un análisis, como diferentes momentos en la construcción del objeto en la experiencia analítica.
En el escrito de Jacques Lacan “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma” del año 1944, en la pagina 197 refiriéndose a la resolución del problema lógico de los tres prisioneros escribe: “… Progresando sobre las relaciones proposicionales de los dos primeros momentos, apódosis e hipótesis, la conjunción aquí manifestada se anuda en una motivación de la conclusión, “para que no haya” (retraso que no engendre el error), en la que parece aflorar la forma ontológica de la angustia, curiosamente reflejada en la expresión gramatical equivalente “ante el temor de que” (el retraso engendre el error)…”.
De esta cita me propongo tomar dos referencias:
- 1º Que Lacan resalta una motivación para la conclusión y resolución del problema lógico.
- 2º Que la motivación a la que hace referencia es al momento en el que “aflora la forma ontológica de la angustia”.
En este texto Lacan presenta un problema de lógica en el que tres prisioneros, para poder salir en libertad, deben resolver un acertijo que el director del establecimiento les presenta, deben adivinar de que color es un disco que se les puso en sus espaldas de forma tal que no lo puedan ver, solamente podrán observar el de sus compañeros, se les aclara que existen cinco discos, tres blancos y dos negros. Cuando uno de los prisioneros crea tener la respuesta sobre que color de disco lleva en su espalda deberá cruzar la puerta de la habitación en la que se encuentran para comunicársela al director.
La solución perfecta se da de manera tal que después de haber considerado, por un tiempo, los tres se acercan a la puerta y la cruzan conjuntamente todos a la vez. Luego dan, separadamente, una respuesta similar:
“Soy un blanco, y he aquí como lo se. Dado que mis compañeros eran blancos, pensé que, si yo fuese negro, cada uno de ellos hubiera podido inferir de ello lo siguiente: “Si yo también fuese negro, el otro, puesto que debería reconocer en esto inmediatamente que él es blanco, habría salido enseguida; por lo tanto yo no soy un negro”. Y los dos habrían salido juntos convencidos de ser blancos. Si no hacían tal cosa, es que yo era un blanco como ellos. Así que me vine a la puerta para dar a conocer mi solución.”
Esta solución a la que lacan llama perfecta es puramente lógica y se basa en la observación de un sujeto del comportamiento de los otros dos, de lo que realizan, pero mayormente de sus vacilaciones a la hora de salir de la habitación después de haber visto los colores de los otros dos. Es decir, el sujeto hace una conclusión sobre si mismo observando a los otros dos.
Esto despliega una dimensión temporal mediante la cual el sujeto puede resolver el problema, una modulación del tiempo necesaria y que se formula mediante escansiones que diferencian tres temporalidades diferentes del tiempo lógico, a saber: el instante de la mirada, el tiempo para comprender y el momento de concluir.
El instante de la mirada se reduce a una exclusión lógica casi instantánea, que se resume en: “Estando ante dos negros, se sabe que se es un blanco”. Ese dato es el que se les da a los prisioneros antes de resolver el problema, pero deja sin solución la incógnita real del mismo, el atributo ignorado del sujeto en cuestión. Solo teniendo en cuenta esta premisa el sujeto puede hacer la siguiente hipótesis: “Si yo fuese un negro, los dos blancos que veo no tardarían en reconocerse como blancos.”
Ahora, es mediante un tiempo para comprender que se le supone también a los demás participantes que el sujeto puede reconocer su color: “Si yo fuese un negro, él habría salido sin esperar un instante. Si se queda meditando, es que soy un blanco.” El inconveniente se da en ¿cómo medir el límite de este tiempo? Que los dejaría a los tres en una interminable indefinición. La salida se da en un movimiento que se expresa así: “Me apresuro a afirmar que soy un blanco, para que estos blancos, así considerados por mi, no se me adelanten en reconocerse por lo que son.”. Este es el aserto subjetivo, sobre uno mismo, que resuelve la indefinición y se presenta lógicamente como la urgencia del momento de concluir.
La cita escogida hacía referencia a que la angustia de la indefinición sería el motor que dispara el apresuramiento para que el sujeto realice el aserto sobre si mismo que resuelve el problema; ubica, entonces, a la angustia como operador de un pasaje de una posición subjetiva a otra, en la que una verdad surge como resultado. Pero esta, la verdad, no podría revelarse sin el acto de apresurarse sin una certeza definitiva. Según un comentario que realiza Jacques-Alain Miller en un seminario sobre
Este valor de la angustia como motor de un cambio, por un lado, y el de la precipitación lógica en una conclusión para acceder a la verdad, por otro, son los que rescato para proponer que en el curso de un análisis el pasaje del objeto en su vertiente de ágalma a la de palea sigue un despliegue temporal lógico y no cronológico. No se daría en una línea progresiva, que por otra parte supondría un objeto palea ya existente, sustancial, que supera al agalmático, no se trata de la aufhebung hegeliana, al decir de Miller; sino, por el contrario, el pasaje de uno a otro no se constituiría sin retroacciones lógicas que abren escansiones entre los dos y que necesitan de una precipitación para resolverse. En otras palabras, el objeto es una construcción que se da en un análisis, que depende de un aserto subjetivo, y tal como Lacan lo señala es la angustia la que cumple la función de abrir la vía para este pasaje. Lo era en el momento de escribir el texto acerca del tiempo lógico y lo formaliza en el seminario 10 casi 20 después.
Quedan unas cuestiones por revisar: Si la conceptualización del tiempo lógico puede dar cuenta de un objeto que, si bien, tiene consistencia lógica, se ubica por fuera del universo significante; y por otro lado, siendo el objeto palea el objeto causa del deseo, mediante esta proposición se ubica en el mismo lugar la verdad del sofisma lógico y la causa del deseo. Seguramente estos dos conceptos, verdad y causa no son homologables, pero de los cuales se podrán seguir estudiando sus entrecruzamientos.-
*****
La angustia señal de lo real
Por Emilio Fernandez
La angustia la tomamos en su definición, a mínima, como señal, definición que por hallarse al término de los progresos del pensamiento de Freud no es lo que se cree, o sea el resultado de un abandono de sus primeras posiciones; no se trata de un abandono ni de una conquista nueva; pues ya en el momento en que Freud hacía de la angustia la transformación de la libido, existía la indicación de que podía funcionar como señal.
En 1915 en “Lo inconsciente” y sobre “Tópica y Dinámica de
En 1927 en “Inhibición, síntoma y angustia”, Freud recurre a la noción de una «señal de peligro» emitida por el yo en la eventualidad de la ruptura inminente de la barrera de defensa que protege su organización, ante la intensificación pulsional que proviene del ello y de la que no tenemos noticia
Si para Freud la angustia es señal de un peligro vital, Lacan agrega algo novedoso, que el peligro en cuestión está ligado a un carácter de cesión.
La angustia de la que habla Lacan emerge como algo del orden de la aproximación puesto que, dice Lacan, la angustia no es sin objeto, ya que el mismo Freud cuando habla de angustia dice que la angustia es ante algo. Es decir que no hay angustia ligada a nada, emerge como consecuencia.
Para explicarlo mejor Lacan deslinda el término miedo del de angustia, dado que el miedo es siempre frente a algo que se conoce, frente a una situación de peligro exterior, como percepción yoica, por ejemplo, en el que el miedo produce una reacción de huida o una conducta inhibitoria. La angustia de Lacan es otra cosa, aparece frente a algo desconocido, en el que el sujeto se ve implicado ante un peligro interior frente a algo que al fin de cuentas no se sabe que es, y por ello puede decirse que la angustia es señal ante algo que se desconoce. Una señal de la que Freud dice puede hacerse uso.
Entonces si se puede hacer uso de la angustia es porque ésta señala algo, designa algo que se encuentra frente a ella.
Dice Lacan que Solo la noción de real puede orientarnos ante lo cual la función de la angustia es aquella que no engaña.
Este real es el resto que constituye lo irreductible del sujeto en la operación en la que el sujeto tiene que constituirse en el Otro. En esta operación S se interroga en A y es allí que surge una diferencia marcada por esta interrogación entre A-respuesta y A-dado, el resultado es un a, irreductible en la operación de advenimiento del Sujeto al lugar del Otro, un resto no significantizable, en la estructura del lenguaje hay algo que no puede reducirse al significante y se asimila al cuerpo del sujeto, bajo la forma de resto
S---- A -----
A--- a ----- $
Así puede entenderse que a constituye la división del sujeto.
La angustia es este corte sin el cual la presencia del significante, su funcionamiento, su entrada, su surco en lo real es impensable. Ese corte se abre y deja aparecer lo inesperado, la visita, la noticia, eso que tan bien expresa el término "presentimiento" que no debe entenderse simplemente como presentimiento de algo, sino también como lo "pre" del sentimiento, lo que está antes del nacimiento de un sentimiento, dice Lacan. Entonces digamos que la angustia circunscribe algo del orden de lo real.
Lacan va a dar el ejemplo de las pinturas de Santa Lucía, en donde aparece con los ojos extirpados puestos, como servidos, en una bandeja y la de Santa Ágata con sus senos también en una bandeja.
Estas imágenes no nos introduce al orden de la angustia, para que ello ocurra el sujeto debe estar implicado mas personalmente, dice Lacan; que el sujeto fuera sádico o masoquista, por ejemplo. No habla del fantasma neurótico masoquista o sádico, habla con propiedad, del perverso.
A decir, el masoquista se ofrece como resto, como desecho del Otro, con lo cual busca una respuesta de parte de este Otro y esa respuesta es la angustia. Podemos decir que el goce del masoquista es angustiar al Otro.
En cambio para el sádico el Otro existe por lo tanto lo trata como objeto y hace de la angustia de la víctima, dice Lacan, una condición exigida. Aquí el Otro debe desaparecer, el sádico continuará cuestionándolo hasta el sin sentido, tal como lo intentó Sade en todos sus escritos, a fin de enmascarar por todos lados su angustia. En este caso el sádico se ofrece como el reverso del sujeto, a fin de desenmascarar al Otro, y es en este orden que se debe ofrecer como resto.
Volviendo al ejemplo de Lucía y Ágata y tanto del masoquista como del sádico ofreciéndose como resto, vemos entonces que es el orden de la separación lo que esta implicado en la angustia, que la angustia está ligada a una separación, a un corte como se dijo anteriormente, que se produce, podríamos decir, en el camino de la constitución de la imagen del cuerpo a partir del otro. Este corte, esta separación introduce la noción de caducidad del objeto a. Es lo que Lacan manifiesta cuando introduce la interrogación sobre si el seno esta del lado del que chupa o del lado del que es chupado, también habla del corte del cordón umbilical que separa, al sujeto, de las envolturas homogéneas a él, y de la caída de la placenta en la madre a partir del desprendimiento orgánico del recién nacido.
Entonces Lacan va a decir que se trata aquí de la función de la separación relacionada con el organismo, ya no de una castración, no de la amenaza de castración, puesto que en ella todavía está relacionada una función imaginaria entre el Otro y el sujeto, sino más bien de la función misma de separación íntimamente relacionada con la caducidad, dice Lacan, del objeto caduco.
Es decir, hay algo que cae, algo que se desprende, algo que se separa del sujeto en un momento en el cual él mismo es mártir, en el cual se implica a partir del goce, de un goce propio pero desconocido para el sujeto. Se trata entonces de un resto órgano, un resto real que como dice Jaques Alain Miller, en “La angustia lacaniana”, este resto “es el goce en la medida que no se deja capturar por el significante, el goce irreductible al principio del placer. Por eso es la angustia que como afecto de displacer, connota especialmente lo no significantizable”.
La angustia está ligada a todo lo que puede aparecer en ese lugar desconocido para el sujeto, que no es imaginario ni simbólico. Tiene que ver con
BIBLIOGRAFIA
-Sigmund Freud, “Trabajos sobre metapsicología”, “Lo inconsciente”, “Tópica y Dinámica de
-Sigmund Freud, “Inhibición, síntoma y angustia”. Volumen XX. Obras Completas. Amorrortu Ediciones.
-Jaques Lacan, Seminario X, La Angustia. Editorial Paidós.
-Miller, J.-Alain: La angustia lacaniana. Ed Paidos, 2007
*******
La angustia, signo del deseo
En el análisis hay algo que es anterior a todo lo que podemos elaborar o comprender. En este capitulo Lacan plantea que la idea de comprensión es lo que se presenta como siendo un obstáculo en la psicología, así también advierte que hay limitaciones en cuanto a la comprensión, ósea, que no nos imaginamos que comprendemos lo vivido auténtico o real de los enfermos. Y que esta idea de comprensión debe ser descartada al pensar la cuestión de la angustia. Es preferible advertir , dice Lacan, a quienquiera que fuese que no debe creer demasiado en aquello que puede comprender.
Esta idea de simplicidad, de comprensión no es posible a partir de que el sujeto, por decirlo de algún modo, conlleva consigo un rasgo, rasgo unario. Rasgo que marca la singularidad del mismo. No hay aparición concebible de un sujeto en cuanto tal sino a partir de la introducción primera de un significante, y del significante más simple, el que se llama rasgo unario.
Simples, singularidad del rasgo, eso es lo que nosotros hacemos entrar en lo real, lo quiera lo real o no, refiere Lacan
La angustia es un afecto, y es en esta perspectiva donde Lacan piensa a ésta como lo que hace a la singularidad de quien la padece. Esta singularidad esta marcada por la presencia de Otro, con mayúscula. El Otro esta allí
El sujeto está marcado por el rasgo unario del significante en el campo del Otro, por ello deja al Otro hecho rodajas. Hay en el sentido de la división, un resto, un residuo. Ese resto, ese Otro último, ese irracional, esa prueba y única garantía, a fin de cuentas, de la alteridad del Otro, es el a .
El fantasma es el apoyo del deseo del sujeto, está en su totalidad del lado del Otro. Lo que ahora está de lado del sujeto es lo que lo constituye como inconsciente, a saber A tachado, el Otro en la medida en que yo no lo alcanzo, comenta Lacan. La angustia se encuentra situada entonces entre S ( A tachachado) y $ a y es el punto en el que se da el deseo y esa posición de objeto que el fantasma vela.
Lacan encuentra en Hegel en lo referente al deseo, la dependencia de su deseo respecto del deseante que es el Otro, es el Otro que me ve. Y agrega: El Otro concierne mi deseo en la medida de lo que le falta. Es en el plano de lo que le falta sin que él lo sepa donde estoy concernido del modo que más se impone, porque para mí no hay otra vía para encontrar lo que me falta en cuanto objeto de mi deseo. Por eso para mi no solo no hay acceso a mi deseo, sino tampoco sustentación posible de mi deseo que tenga referencia a un objeto, cualquiera que sea, salvo acoplándolo, anudándolo con esto, el S tachado, que expresa la necesaria dependencia del sujeto respecto al Otro en cuanto tal.
Es el Otro como lugar del significante. Es mi semejantes entre otros.
En el sentido hegeliano el deseo de deseo es deseo de un deseo que responde a la llamada del sujeto. Es deseo de un deseante. A este deseante que es Otro, ¿para que lo necesita el sujeto? Lacan capta que en Hegel hay una necesidad del Otro para que lo reconozca, para recibir de él reconocimiento. ¿Qué significa esto? Que el Otro instituirá algo, designado por a, que es de lo que se trata en el plano de aquello que desea. Ahí está todo el obstáculo. Al exigir ser reconocido, allí donde soy reconocido, no soy reconocido sino como objeto, puesto que dicho objeto que soy es en su esencia una conciencia, una SEelbst-bewusstsein. No puedo soportarme reconocido en el mundo, el único modo de reconocimiento que puedo obtener.
En el sentido lacaniano, o analítico, el deseo es el deseo del Otro de una forma mucho más abierta por principio de una mediación.
La fórmula que propone va bastante lejos, a saber: hay algo de la relación del deseo del Otro que encuentra una imagen que hace de soporte, a saber, el fantasma. Ahora bien, este deseo es deseo en tanto que su imagen-soporte es el equivalente del deseo del Otro. Este Otro está connotado ahí como A tachado porque es el Otro en el punto donde se caracteriza como falta.
Lo que parece de igual entre la fórmula de Hegel y Lacan, por paradójico que sea, es que es un objeto a el que desea.
El punto de impacto inaceptable en el proceso de
Debido a la existencia del inconsciente, nosotros podemos ser ese objeto afectado por el deseo. Incluso es en tanto que marcada de este modo por la finitud que nuestra falta, la nuestra, refiere Lacan, como sujeto del inconsciente, puede ser deseo, deseo finito.
El Otro originario es el que se encuentra como el lugar del significante y el sujeto todavía no-existente, debe situarse como determinado por el significante.
Hay desconocimiento interno al deseo, lo que Lacan plantea de entrada, desde la segunda lección donde se trata de una confrontación con Hegel, de una manera enigmática, mediante la formula. “el deseo del hombre es el deseo del Otro”.
Hegel habla de una conciencia del deseo lo cual se contrapone con lo que Lacan plantea, ya que este ubico al deseo en la dimensión de lo inconsciente, de lo desconocido.
Jacques Alain Miller en su libro “ La angustia lacaniana” que Lacan toma la dialéctica del amo y del esclavo de Hegel y lo lleva al plano del amor, en donde este registro no se formularía en un “ te quiero aunque tu no quieras”, sino en un “ te deseo aunque no lo se” . Pues es esto lo que hace del deseo un deseo auténtico: en que se desea en la medida que no se conoce su objeto, que no conoce el objeto que lo causa, que causa el deseo.
Es yo te deseo, aunque no lo sepa. Allí donde consigue, por inarticulable que sea, hacerse oír, ésta, se lo aseguro, es irresistible.
Le digo al otro que, deseándolo, sin duda sin saberlo, siempre sin saberlo, lo tomo como el objeto para mí mismo desconocido de mi deseo. Es decir, en nuestra propia concepción del deseo te identifico, a ti, a quien hablo, con el objeto que a ti mismo te falta.
Miller Refiere que la angustia no es un significante, y que por esta razón Lacan propone abordarla por una vía equívoca, por la vía del afecto. Este afecto se trata de aquello que no engaña, y, esta dimensión de lo que no engaña lo lleva a preguntarse, entonces, ¿que es lo que engaña? Frente a lo cual responde que es el amor; el amor es engañador y engañado. El deseo es engañado y embaucado. Todo lo que es del orden de lo imaginario siempre puede oscilar, según la perspectiva, en reflejos, sobras, y centelleos, y lo simbólico ya se revela en su dimensión de semblante y de ficción.
Germán García comenta en “ Fundamentos de
La angustia señal de lo Real
Ariel Scherman
La angustia es presentada por Lacan en el seminario X como señal de lo Real y allí, entonces, como el afecto que no engaña. Lejos de ser un trastorno o un disfuncionamiento que habría que eliminar, sino que de lo que se trata es de atravesar esa angustia. La angustia es una vía de acceso a ese objeto (a) particular de cada uno, por eso la clínica analítica se trata de una clínica del resto, del plus de gozar. En este seminario la función de la angustia permite ubicar cómo se pasa en la elaboracicón teórica del falo-centrismo a la función del objeto a, o sea de una función edípica y cronológica a una topológica y sincrónica, es el pasaje del mito a la topología.
Ese resto no se presta a la dialéctica ni al significante, no sed presta a ser simbolizado o metabolizado por la palabra, es un resto real del cual la angustia es señal y es también el modo de acceder a lo más singular del sujeto: el objeto a.
Este paradójico objeto que no es como los otros permite pensar una nueva estructura de la falta, y a partir de una topología (topos, lugar) se concibe un estatuto inédito del cuerpo.
Lacan retoma los últimos pasos de Freud sobre la angustia, al decir que la angustia es ante algo pero se diferencia por ejemplo en relación a lo que los médicos dicen de ella como angustia, la angustia fenomenológica, descripta o sentida como angor, esa opresión o dolor en el pecho. Si bien da la referencia que toma de los existencialistas, tampoco es en rigor la misma angustia ya que por ejemplo para Sartre es posible sin más hacerla consciente en su causa.
La angustia Lacaniana es una angustia a construir, una angustia que es señal por el camino que indica, que se decanta, no sin la implicación del sujeto, ya que se trata de que el sujeto acceda, no a un significante identificatorio, significante amo, por lo tanto a a algo del orden simbólico.
Es decir que en este seminario, al problema de la causación del sujeto, al problema de la pregunta primera del sujeto dirigida al Otro (che vuoi, qué me quiere el Otro) la respuesta mas allá de obtener una respuesta significante o simbólica, queda un resto, un plus de gozar contorneado como un objeto particular. La angustia, entonces, rechaza la respuesta significante para decir: sólo puede tratarse de que en algún lugar haya goce.
Al reformular con la angustia una nueva estructura de la falta, se trata de que el sujeto suelte un órgano, un pedazo de cuerpo, la libra de carne, pero no un órgano transformado en significante tal como el falo representa, un órgano palabra, sino un órgano goce. Lacan lo llama condensador de goce, plus de gozar, es decir, lo que del goce no se deja taponar por la homeostasis, por el principio del placer.
Así surge la angustia como función de lo que no engaña. Lo que correlativamente engaña es el amor. En La angustia lacaniana, Miller presenta, siguiendo a lacan, al amor como engañador y engañado. En esa pregunta por el ser que un sujeto en el plano del amor en vías de constitución subjetiva dirige al Otro, el que me quiere el Otro como pregunta por el propio ser, el sujeto encuentra un engaño en un semblante que lo toma como respuesta. Por eso también un análisis es al comienzo pasar por el engaño de las propias palabras y del amor para contornear y escribir algo del propio goce.
El deseo también es engañado y embaucado, todo lo del orden imaginario siempre puede oscilar en reflejos, sombras y centellos, y lo simbólico se rebela en su dimensión de semblante y de ficción. La angustia es lo que no engaña porque no se deja significantizar, simbolizar, puesto que es señal de lo real como resto que implica el goce
irreductible al principio del placer.
A la pregunta filosófica “porqué hay algo y no más bien nada”, Lacan le da una ubicación y una lógica desde la topología, respondiendo con un objeto paradójico, distinto a los conocidos, un objeto que contornea un vacío del sujeto, porque la pregunta filosófica lo que elide o escapa es al sujeto.
Casi toda la psicología ha tomado parcialmente lo que Freud decía en Inhibición, síntoma y angustia sobre el miedo como referido a un objeto y no a su desarrrollo sobre la angustia, artículo en donde Freud resalta que la angustia es angustia ante algo. Habría que pensar que en esa época Freud distinguía entre el objeto interno de la pulsión y el objeto de la realidad, el exterior, por ejemplo, en los que fracasan cuando triunfan, alguien da en la realidad con el objeto de su ideal, pero paradójicamente se angustia.
Lacan directamente dirá que la angustia no es sin objeto, y la distinción engañosa se disipa en la formulación que hace de un objeto distinto, un objeto que responde a una lógica de goce del sujeto, una estructura de la falta que como causa esta lógicamente antes la dialéctica entre ley y deseo.
Miller dice en Matemas: “nada es todo”, porque las palabras no significan nada. Y en lugar de una respuesta simbólica, de significante o señuelos, la angustia señal designa
Lacan inventa un objeto que implica una nueva estructura de la falta del sujeto, una falta que el símbolo no suple, no recubre porque siempre puede venir al lugar donde algo falta una nueva palabra, hasta que se necesite otra y así indefinidamente siempre aparece una nueva significación.
La angustia señal en relación a la castración y el análisis, se distingue por que de la reformulación que opera en éste, en el sentido de que Freud, dice Miller, no esperaba al final de un análisis más que una reivindicación fálica, una reivindicación simbólica, mientras que en este seminario queda descubierta la función fálica como señuelo, como carnada o semblante que como tal engaña. Es el dilema entre análisis terminable e interminable ya que si un análisis se mantiene en el plano simbólico, como los significantes sólo valen en su diferencia a otro esto podría hacer de un análisis algo interminable. Por eso la pregunta de Lacan es: ¿cuánto puede durar eso? porque el inconciente resiste e insiste, hace lo que quiere, un lapsus, un síntoma, un sueño. Si bien al comienzo de un análisis hay una alineación del sujeto que Freud llama amor de transferencia luego es necesario operar una función que Lacan llama separación del objeto, separación de un goce o plus encarnado en el cuerpo que la palabra no logra tramitar o mediatizar.
El objeto a que la angustia permite decantar es de una estructura profundamente distinta del significante, de lo simbólico, de lo contrario no se podría entender cómo el analista puede inscribirse en ese lugar como objeto causa. El analista ocupa ese lugar función de causa y como dice Germán García allí donde el analista lo ocupa porque no desea nada en ese lugar, y por eso mismo se ubica como causa.
Otra de las diferencias es que esa tramitación en análisis tampoco es sin pasar por el Otro. Es contornear y escribir el goce de un sujeto pasando por el Otro, el analista como representante del Otro que es particular de cada uno.
Como esquema de la causación de un sujeto, el objeto a como plus de goce, más que cronológicamente, está lógicamente antes de lo simbólico, de la ley y el deseo, y la angustia se presenta como señal de la división misma del sujeto, de la x o pregunta de de un sujeto que se dirige a su advenimiento. Se trata de el objeto en tanto caída, separación del cuerpo, pedazos de cuerpo que, en Edipo resalta Lacan puede verse cuando, al haber arrancado sus ojos de sus orbitas, luego verá a los mismos en el suelo, y es la paradoja de que al arrancar sus ojos ha perdido la vista, y sin embargo no deja de verlos, como algo que no es del mito sino del orden de la causa del objeto en su cesión. El momento de la angustia es la imposible visión que te amenaza, de tus propios ojos por el suelo. Esta es solo una imagen para dar cuenta que se trata del objeto en tanto que cae, en tanto resto, en tanto separables donde la anatomía presta su característica a ellos como adosados, ahí enganchados como en agujeros. Por eso la angustia aparece en la separación.
Pero lo real no agota el hecho de que la angustia esté entre el goce y el deseo, no se abandona el hecho de que el lugar de un sujeto mítico, sujeto del Edipo es en el lugar del Otro, y en el lugar donde falta un significante allí el sujeto es tomado, en la identificación (que refleja la falta de identidad de ese viviente, sino no haría falta identificarse a Otro), en un rasgo del Otro al que se aliena pero no totalmente, sino que es ese resto de goce lo que como vacío completa la estructura de su ser, un ser de puro semblante que de todos modos goza. Como esta seudo identidad que es la identificación que viene del Otro, también es necesario pasar por el campo del Otro y por el engaño de las palabras que a causaron a un sujeto para darle una ubicación o contornear en un análisis algo del objeto, que como objeto en realidad es como un fantasma de la neurosis, no existe sino como vacío, como condensador de goce, y el neurótico fantasea que puede dar con él, se resiste a perder lo ya perdido, lo que permanece como resto irreductible de un sujeto.
Es reflejo imaginario de esta fantasía que el objeto causa aparezca luego adelante como zanahoria, adelante, en el deseo, como agalma u objeto precioso en el amor. Hay algo del deseo que nunca se alcanza porque en realidad el objeto esta atrás, como causa y es el espejismo de lo simbólico y lo imaginario que vela esta ilusión.-
Freud, S.: Inhibición, síntoma y angustia.
Lacan, Jacques: Seminario X La angustia
Miller, J-A.: Matemas I
Miller, J-A.: La angustia lacaniana
Por Enrique Acuña
En la perspectiva actual del psicoanálisis, podemos ubicar una enseñanza particular de Jacques Lacan: la presentación de enfermos. Enseñanza articulada a una transmisión del psicoanálisis y con consecuencias en la formación de los analistas.
En
A partir de sus antecedentes en la psiquiatría (la de los clásicos franceses), Lacan provocó una transformación de este ejercicio, convirtiendo la clásica exposición en una entrevista desde el psicoanálisis.
Su presencia periódica, durante años, en el Hospital Sainte-Anne permitió que un público, auditorio de sus presentaciones, escuchara a un analista y a un interno que aceptaba hablar de su sufrimiento. El llamado “enfermo mental” tenía así una oportunidad: la consecuencia de ese encuentro será la manifestación de un sujeto, a partir de la palabra. Por lo tanto, habría que hablar de la enseñanza de los enfermos presentados par Lacan, como lo señala Jacques-Alain Miller.
El producto de ese encuentro particular tiene como punto de partida un saber de la estructura, en la particularidad del caso, que se desplaza hacia una elaboración de doctrina (lo que del caso se eleva al paradigma clínico).
Este beneficio para la doctrina es la operación lacaniana que observamos en la articulación entre sus presentaciones, el seminario y los Escritos: en el ejemplo de la alucinación "marrana" (en el Seminario Las Psicosis, y en "De una cuestión preliminar...") se observa no sólo la actitud de Lacan, su atención por la envoltura formal del síntoma, la búsqueda del detalle, del elemento nuclear del automatismo mental, sino también el saber atenerse al testimonio.
Por otro lado, en el auditorio, ese “coro antiguo” que se hace marco a la entrevista, los efectos varían. Para Maud Mannoni, Lacan brindaba un aval a la práctica de la psiquiatría con sus presentaciones. Si hay alguna enseñanza, para ella, es la posibilidad de identificarse con el paciente y no con el psiquiatra, posibilidad ofrecida a los estudiantes ahí presentes. Acercándose más a la antipsiquiatría que al psicoanálisis, Mannoni prefiere la política de Laing, con su ambición de curar al psicótico y la pasión de comprenderlo.
En oposición, Lacan no comprende, mantiene más bien el suspenso de toda significación, alejándose de la “locura de la comprensión”. Que exista este recurso al sentido común, a la psicologización de un discurso, es también una enseñanza.
El uso del saber por la modalidad universitaria, excluyendo toda relación con el Sujeto como deseante, es un problema de la difusión misma del psicoanálisis. Lacan responde a esta cuestión con la creación de una Sección clínica como lugar de confrontación con otros discursos, lugar de frontera entre el psicoanálisis y otras ciencias.
Esta orientación lacaniana es continuada hoy por sus discípulos: Colette Soler como Eric Laurent, realizan presentaciones en hospitales, en un programa universitario, como lo es la sección clínica, ofreciendo una enseñanza variada según los efectos de este ejercicio. La particularidad de las mismas parte de:
1) Una entrevista distinta a la de un análisis (pero que funciona en esa dirección).
2) Un encuentro entre dos personas y un auditorio, que se realiza con cierta tensión, y donde funciona la prisa, donde, aunque haya que dejar hablar mucho tiempo, puede ser la única oportunidad para el enfermo y para el analista de producir algo nuevo en el decir, en el sujeto.
3) Es necesario que se formule alguna demanda del servicio hospitalario que aloja a ese enfermo, que los responsables terapéuticos, que dirigen los tratamientos hagan sus preguntas sobre el caso, que algo se espere del psicoanálisis, más allá de la sugestión, un saber entre paréntesis. Se trata de los efectos de transferencia, de su verificación.
4) El analista, en esa entrevista, puede calcular las coordenadas significantes que causaron el desencadenamiento de una psicosis o la vacilación neurótica, observando las formas de arreglo o de estabilización, si las hubiera.
5) El beneficio para el enfermo será la posibilidad de tomar alguna posición con respecto a su enfermedad, además de la orientación que puede recibir el encargado de dirigir el tratamiento y las personas que trabajan en el hospital. La discusión del diagnóstico, toma todo su valor, para dirigir la cura hacia el lugar del sujeto, según la estructura.
En este sentido, el pedido de la psiquiatría actual por la práctica muda que genera el psicofármaco y la perdida del punto de partida que es el síntoma, es el de una referencia en un saber olvidado (el de los clásicos de la psiquiatría, por ejemplo).
Esta clínica del medicamento, sufre los cambios propios que acompañan a las variaciones del sujeto de la ciencia, según los nuevos objetos producidos por los avances de la neuroquímica. La vacilación causada en los practicantes de la psiquiatría es la misma que llama al psicoanálisis a un posible relevo en la elaboración de un saber sobre los puntos de imposible, hecho observable en la práctica con las psicosis.
El problema de las psicosis como fuera de discurso, es también, una puesta a prueba, de los límites del discurso analítico. Por lo tanto, la enseñanza de la presentación de enfermos es fundamentalmente la de los límites de la locura. Enseña un límite que provoca la histerización de los que asisten a la evidencia de un real.
Es necesario, entonces verificar los efectos: en el enfermo (siempre está el riesgo de que no ocurra nada, y se retorne a la rutina psiquiatrica), y en el auditorio (comprobar la transferencia de cada cual, en el sentido de la relación al psicoanálisis que se puede manifestar en aquellos que reciben una enseñanza).
Situar las estrategias de transferencia, y los límites de estructura a partir de lo dicho no sólo por el paciente, sino también por los efectos en el auditorio, significa un pasaje del mundo discursivo universitario, hacia la puesta en marcha del deseo de saber según el modo analítico.
Se trata, por lo tanto de verificar la existencia de la relación de los sujetos con el saber, siguiendo los rodeos de la transferencia y en el público, la manera de funcionar la transferencia de trabajo.
La demanda de la universidad supone mantener la ilusión de formalizar un puro saber, desde una posición educativa, ya que el saber (S2) en el lugar del agente tiene un efecto de bloqueo sobre la elaboración, y produce sujetos provocadores ($), un producto del cual no se responsabiliza.
J.-A. Miller, en la apertura de
Esta enseñanza ha sido sostenida por Lacan, incitando a un saber, pero en posición de analizante, y desde su referencia a Freud. Eso que se trasmite de un sujeto a otro por las vías de una transferencia de trabajo, como un saber expuesto.
Para concluir, podemos decir que para un buen uso de las presentaciones de enfermos es necesario ubicarlas como una enseñanza en las coordenadas de una sección clínica, una Escuela y entre las variables de la transferencia al psicoanálisis.
(*)-Texto leído en
Bibliografía
-Lacan , Jacques: “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de las psicosis”. Escritos II .Ed Siglo XXI, 1985.-
-Miller, J.-A.: “Enseñanzas de la presentación de enfermos”. Matemas I. Ed Manantial 1988.
-Laurent, Eric: Sobre la utilidad de las presentaciones de Lacan.(Comunicación personal, Paris, enero 1991.-
-García, Germán: Sobre la sección clinica. Notas del Clase Curso anual 1991.(inédito)
-Soler, Colette: “La presentación de enfermos”. Revista Malentendido N 4. Buenos Aires, 1990.-